domingo, 23 de noviembre de 2014



Miro la luna llena, que ilumina tanto como una gran hoguera en el centro de un círculo infinito. Estás tan lejos, y yo en tan inmensa soledad. Parece que los días van tan rápidamente, tan vacíos que ni los veo pasar.
Y caminando entre los campos nocturnos, olores húmedos y frescos, me acuerdo de aquella noche en el desierto, en la que entre risas y bromas prometimos una amistad eterna.
-          Arnau, mira el cielo. – te dije mientras tenía la cabeza contorsionada mirando el interminable firmamento.- No caben las estrellas de tantas que hay, y mira que el cielo es grande. Es por eso que hay estrellas fugaces, como  no caben todas, algunas caen de tan apretadas que están.
Y tú me miraste. Y tú sonreíste. Y tú soltaste esa carcajada tan contagiosa que tienes mientras yo tocaba la arena fina que rebosaba por entre mis diminutas manos, formando así un extraño reloj de arena humano.
 Y con esos ojos moros puestos en los míos de gitana me dijiste:
-          Vamos a las haimas, mi Fátima.

Así, entre dunas y estrellas, me pediste que me casara contigo.

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