Miro la luna llena,
que ilumina tanto como una gran hoguera en el centro de un círculo infinito.
Estás tan lejos, y yo en tan inmensa soledad. Parece que los días van tan
rápidamente, tan vacíos que ni los veo pasar.
Y caminando entre los
campos nocturnos, olores húmedos y frescos, me acuerdo de aquella noche en el
desierto, en la que entre risas y bromas prometimos una amistad eterna.
-
Arnau, mira el
cielo. – te dije mientras tenía la cabeza contorsionada mirando el interminable
firmamento.- No caben las estrellas de tantas que hay, y mira que el cielo es
grande. Es por eso que hay estrellas fugaces, como no caben todas, algunas caen de tan apretadas
que están.
Y tú me miraste. Y
tú sonreíste. Y tú soltaste esa carcajada tan contagiosa que tienes mientras yo
tocaba la arena fina que rebosaba por entre mis diminutas manos, formando así
un extraño reloj de arena humano.
Y con esos ojos moros puestos en los míos de
gitana me dijiste:
-
Vamos a las haimas,
mi Fátima.
Así, entre dunas y estrellas,
me pediste que me casara contigo.
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